Alfred Dreyfus

                                                                                           «El mañana tendrá toda la información  necesaria para que la verdad salga a la luz del día.» E. Zola

Hay hombres que pasan a la historia por sus propios méritos, otros por sus excesos y aberraciones, y otros por ser víctimas de fuerzas que los trascienden. Alfred Dreyfus fue una de estas víctimas. El affaire Dreyfus ha pasado a la historia como uno de los casos más sonados de antisemitismo político vivido en Francia en la última década del siglo XIX. Su historia muchas veces ha sido relatada como la de una víctima de la intolerancia racial, y como la antesala de la cruda trama que se desarrollaría pocas décadas después contra los judíos a una escala sin precedentes. Pero más allá de eso, lo que su injusta condena a prisión sacó a la luz fueron las consecuencias nefastas que surgen cuando una democracia es mal entendida y mal practicada.

En 1894, año en el que Dreyfus, capitán del Ejército, fue condenado y deportado a la prisión en Devil’s Island por un supuesto acto de venta de información secreta a los alemanes, en Francia se había implantado la III República. Su condena no hizo sino explotar una realidad que ya se vislumbraba a medias luces: la supuesta democracia moderna que se vivía en la nación no era más que una lucha de intereses entre las distintas facciones de la sociedad, donde cada uno de los distintos sectores estaba más interesado en sus propias finanzas que en los ideales políticos de justicia, igualdad y libertad, por los cuales, un siglo antes, había peleado el pueblo en la Revolución. ¿Cuáles eran estas facciones sociales? Una Iglesia, liderada por los jesuitas, intentado recuperar poder político, el Ejército conformado por una aristocracia anti-republicana, el Estado gobernado por los distintos partidos políticos que conformaban el Parlamento, donde muchos de ellos probaron no ser más que camarillas de corrupción, una burguesía liberal en ascenso, un judería dividida entre la clase burguesa liberal y la aristocracia católica, un minoritario pueblo creyente en la democracia en el que se incluían a intelectuales, escritores, y pequeños grupos de los distintos estratos sociales, y un mayoritario populacho creyente en un líder fuerte. Todos estas facciones ocuparon un lugar esencial (sea por participación o por una omisión a conciencia) en la trama política que se desató en Francia tras la condena y deportación de Dreyfus. Mientras aquél, convaleciente bajo las inclementes condiciones climáticas de la isla, pagaba el precio de cumplir una condena por un delito que nunca cometió.

La familia Dreyfus era originaria de Alsacia. Cuando este territorio pasó a manos de la entonces Prusia tras la guerra franco-prusiana, los Dreyfus, al igual que muchos otros judíos adinerados, decidieron desplazarse al territorio francés. Ahora bien, para este momento, el papel de los judíos en el terreno francés no era el mismo que aquél que ocupaban antes de la formación de la República. Como escribe Hannah Arendt en Los Orígenes del totalitarismo, “Tanto la influencia política como el status social de los judíos se habían debido durante siglos al hecho de que constituían un cerrado grupo que trabajaba directamente al servicio del Estado y se hallaba directamente protegido por éste en razón de las tareas especiales que realizaba. La íntima e inmediata relación con la maquinaria del Gobierno solo era posible mientras que el Estado permaneciera a distancia del pueblo (…) En tales circunstancias, los judíos eran, desde el punto de vista del Estado, el elemento más seguro de la sociedad, porque realmente no pertenecían a ella.” Para el momento en que los Dreyfus se desplazaron a Francia, la situación ya había cambiado. La frontera entre el Estado y la sociedad se había difuminado. Se había instalado la III República, el Parlamento estaba conformado por partidos políticos que nacían de la burguesía liberal y de los trabajadores socialistas, lo que llevaba a que la antigua financiación judía que hasta el momento habían precedido los Rothschild, dejara de ser un factor indispensable. El Estado ya había conseguido otras formas de financiación, siendo la corrupción una de ellas. No hacía mucho, en Francia había explotado el “escándalo de Panamá”, en el cual la sociedad francesa se enteró de los sobornos que la Compañía encargada de construir el Canal había llevado a cabo entre algunos diputados de Parlamanto, a fin de obtener más prestamos por parte del Estado. Francia no se encontraba en sus mejores tiempos económicos: gobernada por camarillas de corrupción, endeudada con Prusia por la derrota tras la guerra, y objeto de nuevo escándalo internacional, en el que parte de sus fondos estatales fueron desviado a un proyecto fallido, parecía que la única fuerza que se mantenía incólume y en la que se podía confiar era el Ejército. Pero solo parecía.

El Ejército, conformado por la antigua aristocracia católica y anti-republicana, se mantenía renuente a dejarse presidir por los intereses particulares y volubles que se debatían entre los distintos partidos parlamentarios.  Asimismo, el Ejército se hallaba influenciado por el clero, quienes habiendo perdido poder político con la instauración de la República buscaban nuevos vacíos de poder desde los cuales pudieran volver a retomar fuerzas. En medio de este panorama de facciones y fricciones, los judíos recién llegados, al encontrarse en esta nueva Europa moderna, buscaron asimilarse, y al hacerlo, se dividieron. Por un lado, se encontraron aquellos que buscaron oportunidades comerciales con el Estado (después del escándalo de Panamá se publicó una lista de los judíos que habían participado como intermediarios en los sobornos); mientras otra parte de la judería, la más adinerada como lo eran los Dreyfus, se integraron, paradójicamente, a la aristocracia católica y antisemita. Después de todo, al asimilarse a la sociedad, el sentir judío se fue perdiendo en favor del sentir francés. Mientras el padre de Dreyfus pertenecía a los recién llegados de Alsacia, Dreyfus ya era todo un patriota, miembro del Ejército, con una educación digna de un aristócrata y dispuesto a pelear y defender a esa nación que luego lo condenaría. La aristocracia católica estaba dispuesta a aceptar a esta judería que se había educado junto a ellos, pero sólo hasta cierto punto. El límite apareció cuando los judíos no solo pretendieron formar parte del Ejército, sino escalar posiciones una vez dentro. El clero francés no podía permitirse que este nuevo tipo de individuos, sobre los cuales no podía ejercer influencia o presión alguna, tomara posiciones de control.

Fue así cuando un día, una sirvienta espía que trabajaba en la embajada alemana descubrió un manuscrito en el que un militar francés pasaba información confidencial sobre un nuevo armamento que poseía el Ejército. En algún lugar del texto se firmaba con la letra D. Así, Dreyfus, quien para entonces ya había alcanzado el grado de capitán, se convirtió en el principal sospechoso. La sospecha se convirtió en acusación. Se falsearon pruebas, se manipuló su ortografía a fin de hacerla parecida a la del texto, se filtró la noticia en la sociedad relativa a un espía judío dentro del Ejército, y de este modo, para el momento en que se llevó a cabo el Consejo de Guerra (que en teoría debía ser secreto), ya todos clamaban por su cabeza. El Ejército no podía permitirse que su reputación cayera ante la noticia de la infiltración de espías dentro de sus tropas, necesitaban un culpable rápidamente. Dreyfus fue condenado a cadena perpetua en la prisión de Devil’s Island. Sólo tras varios años se comprobó que no era culpable, pero su presencia era incómoda, y hacer una noticia de este evento en ese momento favorecería a muchos. Hasta el Parlamento se sorprendió de su buena suerte, pues este nuevo escándalo acabaría por desviar la mala fama que se había destapado tras la corrupción del escándalo de Panamá. Así pues, la suerte ya estaba echada, solo había que azuzar el fuego, y dejar que todo siguiera su curso. Los judíos, divididos como estaban, y ya sintiéndose muchos de ellos más patriotas que los propios franceses, no supieron ver que la trama de discriminación no estaba tomando partido en el ámbito social como había ocurrido en otros casos, sino que se había desplazado al terreno político. De la noche a la mañana, misteriosamente, y sin pasar por un juicio abierto y transparente, el judío era culpable.

Si bien durante los primeros dos años que siguieron a la sentencia no parecía haber posibilidad de cambiar el escenario a pesar de la fortuna que la familia Dreyfus estaba invirtiendo por limpiar la imagen del acusado, con la llegada de un nuevo jefe militar al Servicio de Información francés (servicio de inteligencia), los papeles comenzarían a cambiar. Picquart, un hombre con “buenos antecedentes católicos, unas excelentes perspectivas en su carrera y [poseedor del] «adecuado» grado de antipatía hacia los judíos”, era también un “hombre profundamente divorciado del espíritu social del clan o de las ambiciones profesionales” (Arendt, H., Orígenes). Nadie se imaginaba estas segundas cualidades, de allí que resultara alarmante cuando, un día, Picquart se presentase ante sus superiores aseverando que se había cometido un error en el juicio contra Dreyfus. Una nueva misiva había sido interceptada en la embajada alemana, cuya letra era idéntica a aquella con la que se había incriminado al acusado. Las sospechas de Picquart eran ciertas, el verdadero espía, era Esterhazy, pero dentro de algunos círculos del alto mando, esta revelación no era nada nuevo. Picquart fue removido de su posición y enviado a un peligroso puesto en Túnez, a fin de que perdiera la vida en ese lugar, cosa que no sucedió para desconcierto de muchos. El Ejército no podía permitirse que se descubriese que parte de su financiación provenía de la venta de información clasificada al enemigo, asimismo, ni a la Iglesia ni a los corruptos políticos les convenía que el verdadero culpable no fuera judío. Había que seguir con la comedia. Sin embargo, las sospechas de Picquart no cayeron en oídos sordos. Tras su desplazamiento a África, el para entonces periodista y político del partido radical Georges Clemenceau acabó también convenciéndose de la inocencia de Dreyfus, y comenzó una campaña a favor de la idea de libertad y justicia, a los que se adherirían algunos intelectuales, escritores como Zola con su famoso escrito J´accuse, y miembros de distintos estratos de la sociedad, conocidos como los dreyfusards. Clemenceau proponía que atacar los derechos de un hombre era atacar los derechos de los hombres en general. Ante cada uno de sus nuevos pronunciamientos, como por parte de alguna otra figura pública, el populacho antisemita se enardecía más. No basto mucho para que el estallido social ocurriese, y en las calles comenzara la violencia. El populacho actuaba al margen de la ley, en las calles, amenazando y violentando a los judíos, mientras sus líderes políticos, burgueses y aristócratas se beneficiaban de la situación. No fue hasta que Clemenceau convenció a los representantes de los partidos de los trabajadores de que la opresión provenía del clero y de la aristocracia, de que el asunto era una lucha entre opresores y oprimidos, que éstos se involucraron en la lucha de los dreyfusards. A partir de ese momento, una especie de nuevo sentir comenzó a tener lugar dentro del Parlamento. Después de todo, si bien la judería era una amenaza, no lo era menos las ansias de poder del Ejército y de la Iglesia, pues para todos era claro que sus intereses no eran los mismos de la República.

Una nueva revisión del caso fue llevada a cabo, en la cual nuevas pruebas falsificadas fueron creadas, y Dreyfus fue una vez más condenado a diez años de trabajo forzado. Esta vez, sin embargo, la verdad salió a la luz rápidamente, y ante la inminencia de la Exposición Universal, el Estado tuvo que actuar con decisión, “lo que no habían conseguido los editoriales diarios de Clemenceau, el pathos de Zola, los discursos de Jaurès y el odio popular hacia el clero y la aristocracia, es decir, un giro del sentimiento parlamentario en favor de Dreyfus, fue al final realidad por temor a un boicot (…) ¡El Parlamento, convertido en campeón de Dreyfus! Este era el resultado final.” (ibid). El perdón al acusado fue otorgado. La víctima pasaría a la historia, pero no por sus propios méritos, sino por mostrar la vulnerabilidad que padece el individuo cuando la sociedad, supuestamente democrática, deja de actuar como tal. Aunque el evento haya tenido lugar en el siglo XIX, sus implicaciones políticas son propiamente del siglo XX. Alfred Dreyfus acabó volviéndose en una figura que simboliza un llamado de atención ante los desmanes a los que pueden llegar las fuerzas sociales mal encaminadas, y un recordatorio de lo que debería privar en el sentir de ciudadanos que se comprenden a sí mismos en términos democráticos. Como dijese Zola en uno de sus artículos de la época,

“¡Juventud, juventud! Apoya siempre a la justicia. Si la idea de justicia se oscureciese en ti, correrás de cabeza a todos los peligros. Y no te hablo de la justicia de nuestros Códigos, que sólo es la garantía de los vínculos sociales. Cierto, hay que respetarla, pero hay una noción más alta, la justicia, la que tiene como principio que cualquier juicio humano es falible y que admite la posible inocencia de un condenado, sin creer que insulta a los jueces.” (Carta a la Juventud, 14/12/1897).

 

Enlaces de interés:

Yo Acuso: la verdad en marcha, Emile Zola.

Democracia

La banalidad del mal

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