SØREN KIERKEGAARD

            “Tal vez todo aquel que no se abre a Kierkegaard […] permanece hoy pobre e inconsciente” –Karl Jaspers

[Parte I]

Comienzos del siglo XIX, Dinamarca:

A los once años, Michael Pedersen Kierkegaard, subió a una colina y alzando las manos al cielo maldijo a Dios con toda la ira que albergaba en su joven corazón. El padre de Kierkegaard no podía entender cómo era posible sufrir tanto a causa del hambre, del frio, y de la soledad que pasaba en la pobre aldea en la que vivía, siempre solo, acompañado de puro ganado. El Dios que hasta el momento parecía haberlo abandonado, pareció escuchar la maldición del niño, y envió a un tío de Copenhague al rescate, quien no solo hizo del muchacho un excelente comerciante, sino que acabó legándole toda su fortuna, llevándolo a ascender a las clase más alta de la sociedad. Dios lo había escuchado, y lo que escuchó no fue una plegaria que pedía ayuda, sino una maldición.  Este pensamiento atormentó a lo largo de su vida a Michael Pedersen, quien vivió el resto de sus días a la espera de la represalia divina. Así como al Job bíblico le fue arrebatado todo lo que se le dio, el padre de Kierkegaard, mientras más ascendía mas terror sentía. Tantas bendiciones luego de haber injuriado al Señor no podían significar nada bueno. El niño, ya convertido en hombre, tenía razón.

A los 38 años se casó por primera vez, sin embargo, su esposa murió al cabo de dos años sin haberle dejado ningún hijo. No bastándole llevar el peso de su falta infantil encima, Michael volvió a transgredir, esta vez a causa del deseo carnal. No queda claro si empezó a coquetear con su sirvienta antes o después de la muerte de la esposa, pero antes de haber finalizado el tiempo de luto reglamentario para la época, Michael Pedersen volvía a contraer matrimonio. Con su segunda mujer tuvo siete hijos, el último de ellos sería Søren Kierkegaard (1813-1855).

Pecado del espíritu y pecado de la carne. El padre de Kierkegaard se sumió en tal estado de culpa y angustia del que jamás pudo sobreponerse. Cuando tenía 40 años y luego de haber acumulado suficientes riquezas, abandonó el comercio para dedicarse a la educación espiritual de sus hijos y de la suya propia. Durante muchas noches en casa, reunía a teólogos y filósofos, con los que debatía distintos temas, pero sobre todo la doctrina cristiana. Mientras tanto, la temida “ira de Dios” no tardaba en llegar: de los siete hijos que tuvo, cinco murieron a lo largo de la niñez y de la juventud de Kierkegaard, al igual que su madre. La muerte invadía continuamente la casa. Pero el padre callaba sobre sus faltas, mientras que radicalizaba la educación cristiana que impartía a sus hijos. Sólo Søren y uno de sus hermanos llamado Peter, quien luego se convertiría en teólogo, fueron los únicos en sobrevivir al padre, y la condena que se había posado sobre la familia.

La infancia de Kierkegaard estuvo marcada por este clima de muertes y arrepentimiento de la cual el padre no dio mayor explicación hasta muchos años después, cuando ya le quedaba poco para morir. No quería ser visto como un pecador frente a sus hijos, sino como un modelo de cristiano devoto. Intentaba alentar en los dos hijos que le quedaban la pasión por la teología de la época. Pero sólo Peter siguió este camino. Kierkegaard, por el contrario, tras iniciar los estudios universitarios en esta área quedó poco convencido. Rebelándose contra el padre -como lo hacía la juventud adinerada de la época- se fue de casa, y empezó a tener una vida de cafés, teatros, lujos y entretenimientos, mientras las facturas eran enviadas a su progenitor. Pero no se vaya a creer que en su espíritu solo habitaba la despreocupación. Kierkegaard, a lo largo de su vida, mantuvo una actitud doble frente a la vida. Todo el humorismo y desinterés que mostraba en público iba acompañado por profundos estados de melancolía en privado. El humor era su máscara, su refugio, pero también, el lugar desde donde se burlaba y criticaba ingeniosamente a la sociedad.

Así pues, aun cuando se hubiese marchado de casa, y se hubiese librado físicamente de su padre, la actitud angustiosa frente a la vida lo acompañaba siempre. Fue justamente esa angustia de la que no podía librarse la que lo encaminó a adentrarse en la filosofía en buscas de respuestas. No obstante, la filosofía, ese saber que supuestamente debía reflexionar sobre la existencia del individuo, se encontraba para los momentos bien lejos de reflexionar sobre este contenido.

En las primeras décadas del siglo XIX, Dinamarca se encontraba bajo la influencia de la filosofía alemana, predominantemente hegeliana. ¿Qué decía esta filosofía?   


Hegel fue el padre de lo que hoy se conoce como la “lógica dialéctica moderna”, es decir, esa lógica que dicta que la síntesis es el resultado de la tesis y la antítesis. Esa es la teoría, pasemos a la práctica. Para Hegel, toda la historia estaba gobernada por esta lógica. Cada época revelaba una  verdad (histórica), que luego generaba su contrario (otra verdad histórica). Eventualmente, la Razón que había gobernado todo el devenir de la historia llegaría a manifestarse por completo. Si todo esto suena muy abstracto, pensemos en la visión histórica del marxismo, la cual es una visión dialéctica. Para el marxismo, el capitalismo (tesis) ha aparecido en una determinada época histórica como elemento de opresión contra el cual se debe luchar (lucha de contrarios). A través de la revolución llevada a cabo por los oprimidos, un nuevo estadio puede implantarse, el socialismo (anti-tesis del capitalismo). Pero la historia no acaba ahí, pues el perfeccionamiento total (síntesis) se alcanzará es en un tercer estadio: el comunismo, donde toda distinción económica de unos frente a otros quede abolida, y reine definitivamente el bien común.


El gran problema que Kierkegaard vio en esta filosofía hegeliana es que el individuo singular no cuenta para nada. Todo queda reducido y absorbido tanto por el colectivo, como por el devenir de esta gran Razón que gobierna la historia. En otras palabras, abstracciones, abstracciones, y más abstracciones. ¿Dónde se consigue la interioridad individual en medio de tanto sistema universal, y de tanta lógica? Kierkegaard iba a lanzarle un golpe magistral a la filosofía.  Todo saber sobre lo humano que pretendiese erigir Sistemas, y desde ellos hablar sobre “el hombre” como si éste fuera un objeto que pudiese ser explicado conceptualmente, sería considerado por él un mero juego de abstracciones sinsentido. Con Kierkegaard la reivindicación de la subjetividad y de la interioridad del individuo comenzaba a dar la batalla.  La filosofía debía  volver la cara a la existencia humana, punto del cual ella misma brota, y en esa vuelta, reflexionar sobre las cuestiones que la propia existencia le planteaba: angustia, libertad, amor, pérdida, fe, y una verdad que brota de la propia vida y no de lo que la sociedad o las teorías dicten sobre ella.

Kierkegaard, criticando duramente a los hegelianos, bajó la filosofía del reino de abstracciones y la incrustó en la subjetividad. Solo indagando en ese lugar el filosofar se hace posible. Sin embargo, la tarea no fue fácil, y menos para este espíritu al que le invadían continuamente sus propios demonios internos. ¿Cómo hacer filosofía sin caer en teorizaciones, en objetivaciones, en aquello que se estaba criticando? A traves de dos maneras: primero, usando un “lenguaje indirecto”, es decir, un lenguaje cargado de ironía, imágenes poeticas, alusiones escondidas, mezclando la vida con la obra. Segundo,  a traves del uso de numerosos seudónimos. De esta manera, su lector jamás podrá decir ni “esto es [aquí está su definición]”, ni “él es”. Colocando un ejemplo, veamos el siguiente caso que comenta Manfred Svensonn (estudioso de la obra de Kierkegaard):

Una breve explicación de la naturaleza de dicho libro [El Diario de un seductor] puede ser útil para volvernos conscientes de cuáles son las dificultades al leer a Kierkegaard, dificultades agudizadas por el proceso de transmisión de su obra [escrita en danés]. El Diario de un seductor es un breve libro de unas 150 páginas. Pero en realidad nunca fue publicado por Kierkegaard como una obra independiente. Es, por el contrario, parte de un libro mayor: O lo uno o lo otro. Pero tampoco dicha obra lleva el nombre de Kierkegaard como autor. La obra está firmada por un pseudónimo, Víctor Eremita. Y ni siquiera éste asume el papel de autor, sino de editor. Editor de los papeles de «A» y los papeles de «B». Los papeles de «A» representan una visión «estética» de la vida, mientras que los de «B» representan una visión «ética» de la misma. Y en medio de los muchos papeles de «A», se encuentra este Diario de un seductor; pero incluso el prólogo de dicho diario menciona estos papeles como algo encontrado, no producido por «A».

Como se puede ver, el llamado “padre del existencialismo” fue un escritor excesivo (¿Qué existencia no lo es?). Pero sobre todo, fue excesivo en la indagación que hizo sobre sí mismo, gracias a la cual hoy contamos con una vasta reflexión sobre la interioridad humana, única, angustiosa, y apasionada.

Si la filosofía hegeliana, y la melancolía que le transmitió el padre fueron tremendas influencias en la vida y obra de Kierkegaard, no menos lo fue el profundo y doloroso amor que sintió por Regina Olsen, asi como su lucha contra la cristiandad (institucionalizada) y a favor del cristianismo (espiritual). 

[A continuación…].

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Existencialismo

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