SØREN KIERKEGAARD [parte II]

“Cada cual encuentra su forma de vengarse del mundo.
El mío consiste en llevar mi dolor y mi pena en el
fondo de mí mismo mientras que mis bromas distraen a los demás…”
(Kierkegaard)

Dinamarca, 1838:

Muere Michael Pedersen, padre de Kierkegaard, no sin antes confesarle a su hijo los pecados que durante tantos años lo habían atormentado. Finalmente, después de tantos años de presenciar a ese ser devoto y melancólico a la vez, a Kierkegaard se le revelaba la lucha interna, el arrepentimiento, y la culpa en la que se había debatido su padre. En sus Diarios señaló haber sentido como si un “gran terremoto” se hubiese desatado a sus pies, como si esa noticia le hubiese hecho finalmente cambiar de vida, madurar. Tras el fallecimiento de Michael Pedersen, Kierkegaard le dedicaría implícita o explícitamente sus obras. Gracias a esa lucha interna, de la cual él tampoco quedo exento, Kierkegaard reflexionaría una y otra vez sobre la angustia existencial.

Pero su padre no fue la única relación que marcó la obra de Kierkegaard.

El 8 de mayo de 1837, mientras el joven y melancólico pensador seguía con sus estudios, conoce a Regina Olsen. Si la revelación de los pecados del padre se sintió como un “gran terremoto”, la relación con Regina le abrió la tierra, arrojándolo por completo al abismo. El amor que surgió entre ambos sería reciproco, profundo y doloroso. 

Regina solo tenía catorce años para el momento en el que se encontraron por primera vez.

“Según los recuerdos de ella, puestos por escrito cuarenta años más tarde, se trataba de una comida cotidiana junto a amigos en común, situación en la que todo el mundo estaba pendientede las palabras ingeniosas que constantemente salían de la boca de Kierkegaard. Él mismo, según lo registra en el diario de vida, parece haber estado más bien pendiente de que no se notara dicho rasgo suyo. Ruega, en efecto, a Dios, para que lo ayude a contener su lengua, para poder estar en silencio y no deslumbrar (o aterrar) por su ingenio.” (Manfred Svensonn).

Debido a la edad de Regina, Kierkegaard tuvo que esperar que pasaran casi tres años para poder acercársele formalmente y pedir su mano. Una vez establecido el compromiso y cuando todo parecía marchar bien, la temida angustia se apoderó de su espíritu. La convención social escondía una trampa:

cásate y te arrepentirás, no te cases y también te arrepentirás; te cases o no te cases te arrepentirás de todos modos. Ríete de las locuras del mundo y te arrepentirás, llora por las locuras del mundo y también te arrepentirás; te rías o llores de las locuras del mundo igualmente te arrepentirás… Éste es, señores, el resumen de toda la sabiduría de la vida.

Si en su amor deseaba sobre todo la felicidad de Regina ¿cómo pedirle que se uniera a su melancólico espíritu? Pensar solo en sí mismo habría significado sacrificar la felicidad de ella al amarrarla a su propia angustia. Pensar en la norma ética, hacer lo socialmente correcto, seguir con el matrimonio, hubiese significado sacrificarlos a ambos. Kierkegaard, repitiendo un poco el gesto de su padre, rompió el compromiso sin dar mayor explicación, esperando que ella entendiese alguna vez. Regina y él quedaron igualmente devastados. A través de varias de sus obras intentaría mostrarle la batalla interna en la que se debatía, respecto a qué tipo de existencia llevar, esperando que ella pudiese entenderlo.  

Sus obras O lo uno o lo otro (en la que habla de las contradicciones de la existencia estética y ética), La Repetición, y Temor y Temblor (en la que expone los tres estadios de la existencia: estético, ético, y religioso) esconden todas alusiones implícitas a ella. Pero Regina no comprendió, solo veía que  Kierkegaard no parecía dar marcha atrás. Los encuentros tras la ruptura fueron siempre a distancia, saludándose con gestos, sin mediación de palabras. Regina decide, entonces, casarse con Johann Frederick Schlegel. Cuando Kierkegaard se entera de la noticia queda conmocionado. En ese momento, “Søren se ve obligado a retocar La repetición y, muy ligeramente, Temor y Temblor, obra en la que problemática esencial es la siguiente: él renuncia a Regina por mandato divino, como Abraham renunció, quiso sacrificar, a su hijo Isaac. Ambos renunciaban a lo más querido. Pero Abraham tuvo fe, y en premio a esa fe recibió, en el último momento, de nuevo a su hijo. Y Kierkegaard se pregunta: ¿Me falta la fe requerida para que me sea devuelta Regina? Y también —pregunta aún más angustiosa—: ¿Cómo puedo estar seguro de que Dios me exige este sacrificio?” (Merchán, Vicente).

Tras esta historia de trágico amor, lo que Kierkegaard comienza a plantear en estas obras, apoyándose en su profundo dilema interno, consiste en la elaboración de los tres estadios de existencia a los que el ser humano se ve enfrentado, y frente a los cuales tiene que decidir cuál estadio adoptar. En Temor y Temblor escribe,  

Todos perduraremos en el recuerdo, pero cada uno será grande en relación a aquello con lo que batalló. Y aquel que batalló con el mundo fue grande porque venció al mundo, y el que batalló consigo mismo fue grande porque se venció a sí mismo, pero quien batalló con Dios fue el más grande de todos.  

La angustia es el vértigo ante esta libertad, ¿permaneceré en una lucha frente al mundo o avanzaré hacia la lucha frente a mí mismo? ¿Permaneceré en el estadio en que me sacrifico a mi mismo o abandonando lo que los hombres dicen que es racional me arrojo al absurdo, al terreno de lo imposible? Sobre estos estadios hablaremos en otro artículo. Basta decir que el último, el religioso, no es el estadio de ser un adherente a la Iglesia, sino es el estadio de la fe que “cree en relación a esta vida”, cuyo modelo es Abraham. El “padre de la fe” es tal porque no creyó en relación a una vida venidera, no creyó desde la razón (buscando un sentido a su acto), simplemente creyó, y alzando el cuchillo contra su hijo (sin dudar, sin mirar a los lados, sin contarle a alguien lo que iba a hacer, sin rogarle a Dios que lo detuviera, sin sacrificarse a sí mismo en reemplazo a Isaac) creyó. Y por su fe fue recompensado.

Para Kierkegaard, la fe no es la adherencia a la Iglesia o el seguimiento de la doctrina, porque dentro de la Iglesia, así como dentro de cualquier otra institución, la interioridad del individuo queda limitada a la conciencia colectiva, a una identidad de rebaño (esa conciencia a la que se adscribe el hombre ético, cuya lucha es importante porque se sacrifica a sí mismo por el bien común, pero que no llega a trascender mas allá de los códigos racionales que acepta). La lucha de Kierkegaard contra la Iglesia danesa de su época, se cifró en este punto esencial. La fe es fe no porque crea en una vida venidera, o porque crea en el bien común, o porque haya un horizonte de sentido sobre el que se apoye, al contrario, la fe es fe porque cree lo absurdo, y espera lo imposible (¿a quién en su sano juicio se le ocurriría alzar el cuchillo contra un hijo, que es además el hijo de la promesa del que vendrán todas las generaciones futuras, y por el cual se ha estado 70 años esperando?). Kierkegaard atacó a la Iglesia por alejarse de esta verdad encarnada por Abraham. Así como también esperó que Regina pudiese comprender que su amor debía elevarse hasta este estadio. Sólo desde este “salto a la fe”, a creer lo absurdo y a creer en medio del absurdo, puede el hombre superar la angustia del existir. Sólo desde allí puede seguir existiendo a pesar de las contradicciones y faltas de sentido que reconoce en los estadios anteriores. La existencia religiosa es reconocimiento total de la interioridad. 

Con el pasar de los años, Kierkegaard fue desarrollando cada vez más su visión de la interioridad humana, mientras seguía enzarzándose en disputas con teólogos, filósofos y los intelectuales de su época. Nunca le faltaban ganas de enfrentarse abiertamente a sus adversarios. Le provocaban y él buscaba más provocaciones, a las cuales respondía con nuevos manuscritos en los que seguía exponiendo su filosofía. En algún punto llego a escribir en sus Diarios:

A decir verdad, qué país no se contentaría con un autor como yo, en especial cuando ese país es tan pequeño como Dinamarca y, cuando, sin duda, no volverá a tener otro de mi talla.

Casi al finalizar su vida, y como resultado de una campaña mordaz que inició -a petición de él- la satírica revista El Corsario, Kierkegaard vio su reputación mancharse hasta caer en lo ridículo: su contextura física (jorobada), su manera indirecta, poética y angustiosa de escribir, sus seudónimos, su amor fallido por Regina, todo se volvió blanco de burla, al punto tal que casi se le hacía imposible caminar por las calles de Dinamarca sin ser ridiculizado. Atacado desde todos los flancos, no dejó de defender su concepción filosófica sobre la interioridad humana, desde la cual brota la verdad de la existencia.  

A finales de 1855, a raíz de una enfermedad aparentemente de la espina dorsal, Kierkegaard murió. Parte de su fortuna la legó a Regina, de quien Robert Neiiendam escribió “ella sabía que él se la llevó consigo a las páginas de la historia, y este pensamiento la compensó por todo lo que había sufrido”. Tras décadas de su muerte, a comienzos del siglos XX, su obra finalmente fue traducida al alemán, y de ahí difundida a los demás círculos intelectuales europeos, quienes a partir de esta vuelta radical a la subjetividad,  dieron origen a lo que el siglo XX conoció como el Existencialismo.

Enlaces relacionados:

SØREN KIERKEGAARD [parte I]

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