¿Qué es el Ser-en-el-mundo?

¿Qué es el Dasein-¿Qué es el ser humano? ¿Cuál es su esencia? ¿Cómo la podemos aprehender? ¿Cómo nos comprendemos a nosotros mismos? La filosofía se ha estado haciendo estas preguntas desde siempre. Por los momentos, llevamos acumulados unos  2500 años de respuestas.Continúe leyendo >>>

En 1928, el filosofo alemán Heidegger deslumbró a muchos con su manera de replantear lo que es el “Ser”, lo que incluye el ser de las cosas y el ser de los seres humanos. Para él, la pregunta por el “Ser” que se hacen los humanos, no es una pregunta que apunta a un “Qué es”, sino que es una interrogación que busca descubrir sentidos. En otras palabras, lo que guía ese filosofar que hacemos en nuestra vida no es un anhelo de querer saber definiciones, conceptos o descripciones, sino que nos encontramos en una constante interrogación por el sentido de todo lo que nos rodea y de nuestra propia vida. Cuando preguntamos ‘¿Qué es la vida?’, lo que queremos preguntar es ‘¿Cuál es su sentido?’, ‘¿Por qué estoy aquí?’.

¿Qué dijo Heidegger sobre el ser humano?

Hasta mediados del siglo XIX se pensaba que el ser humano y el mundo eran dos entidades separadas, independientes. Por un lado, estaba el ser humano como sujeto, por otro lado, el mundo como objeto. Sobre ese mundo se podían decir muchas cosas, incluso se podía dudar de su existencia. Lo único que nos dice nuestra conciencia es que nosotros existimos, pues aunque dudemos y nos preguntemos si estamos soñando, el hecho de preguntárselo ya indica que existe una conciencia haciéndose esa pregunta. El acto de ‘tomar conciencia’ que lleva a cabo la conciencia es lo que garantiza su existencia (eso es lo que significa la famosa frase de Descartes “Pienso, luego existo”).

Pero ¿qué pasa con el resto del mundo, con toda esa realidad que veo? Los sentidos nos engañan, la persona en el desierto puede “ver” agua donde no la hay, a veces escuchamos ruidos inexistentes, a distancia las cosas parecen ser de un tamaño, y cuando están cerca tienen otro, el agua del mar se ve azul, pero es transparente. ¿Cómo se puede fundamentar la realidad de un mundo si estoy constantemente siendo engañado por mis sentidos? ¿En que se distinguen todas estas falsas percepciones de la realidad de un sueño?  ¿Cómo se que todo lo otro realmente “es”? Aquí la filosofía tuvo un gran problema que resolver, se trataba de fundamentar la realidad y la existencia del mundo, racionalmente, sin tener que recurrir a ningún dios que sirviera de garantía. ¿Resultado? El mundo se volvió una extensión de la conciencia. En otras palabras, se dijo algo como: dado que no sabemos lo que es la realidad, ni qué leyes la gobiernan, hablaremos únicamente sobre aquello que nuestro entendimiento pueda demostrar, y entender. Si mi entendimiento, con sus conceptos y su lógica, me dice que el mundo es de cierta manera, pues diré que esa es su realidad. En otras palabras, el mundo será aquello que yo, como sujeto, diga. La verdad será aquello que se adecúe a mi entendimiento. Esta fue la era del racionalismo y del idealismo.

Durante siglos ésta fue la manera de hacer filosofía. Se empezó a filosofar como si estuviéramos en un laboratorio, donde nosotros los sujetos nos volvimos los encargados de hacer del mundo un objeto de estudio: le aplicamos leyes basadas en nuestra razón, y construimos teorías sobre esa realidad como si nos fuera ajena. Pero la cruda realidad del mundo se encargó de desmoronar esta manera de pensar. La realidad se hizo tan intensa que era imposible seguir salvaguardando estas distancias. ¿Cómo puedo poner en duda el mundo, si en mi existencia no lo siento como estando allá fuera, sino como ese lugar donde estoy metido? ¿Qué sentido tiene dudar de una realidad que continuamente me está afectando?  El filósofo Husserl, maestro de Heidegger, dijo hay que “¡ir a las cosas mismas!”. Dejemos el tema de si la realidad es o no es y enfoquemos en lo que experimenta nuestra conciencia cotidianamente. ¿Qué nos dice? Que nosotros y el mundo estamos aquí, y nuestra conciencia está en un vaivén en el que se orienta unas veces se orienta hacia afuera y otras hacia dentro, en actos reflexivos.

Antes de Husserl,  Kierkegaard y Nietzsche, cada uno a su manera, ya habían dicho: ‘Los seres humanos somos existencia, y la existencia no se entiende desde la abstracción de la razón, sino desde su cruda singularidad’.  Si unimos esa vuelta a la cotidianidad de Husserl con esa vuelta a la existencia de Kierkegaard y Heidegger, entenderemos que Heidegger haya dicho: el ser humano es un SER-EN-EL-MUNDO, es un Dasein (ser-Ahí).

¿Qué significa que seamos un ser-en-el-mundo o Dasein? y ¿por qué los guiones? Ser-en-el-mundo  significa que no hay algo así como un sujeto por aquí y un objeto por allá. El mundo no es algo independiente a nosotros, sino que existimos en una relación INDISOCIABLE con él, y nuestra existencia está condicionada por esa relación. Es decir, no hay manera de comprender nuestra existencia haciendo abstracción, guardando distancia, respecto a esa realidad que día a día nos rodea. Así como tampoco podemos comprender esa realidad saltándonos la conexión que tiene con nosotros. Esto no se trata de si podemos pensar la realidad objetiva o subjetivamente, sino del hecho de que incluso establecer estas diferencias ya indica nuestra conexión indisociable con la realidad. Los guiones de ser-en-el-mundo indican este hecho: el mundo es mundo porque nosotros lo habitamos, y nosotros somos los seres que somos porque habitamos el mundo. Todo es parte de una misma estructura.

Ahora bien, ¿qué es ese mundo del que habla Heidegger? ¿Cuál es la diferencia entre el mundo y, por ejemplo, la Tierra? Estos conceptos a veces los confundimos. El mundo es todo el conjunto de relaciones de significados que hemos creado en este lugar que habitamos. Cada vez que entramos en contacto con algo, sea lo que sea, le damos un significado, y al hacerlo lo incluimos en una red de relaciones que otros ya han ido creando a lo largo de la historia. El hecho de ver una estructura con varios pisos y llamarlo “edificio” ya me hace ponerlo en relación a otra estructura llamada “casa” o a otra llamada “palacio” o a otra llamada “templo”. Absolutamente todo en nuestra existencia esta interrelacionado en una red de significados. Lo que no entra dentro de esa red, no es parte del mundo, literalmente es como si no existiera. A nivel individual, este fenómeno se entiende de manera fácil: si viviéramos en la miseria de un pueblo africano, y nunca hubiéramos visto un aparato tecnológico, ni escuchado hablar de esto, en la comprensión de nuestro “mundo” no habría nada parecido a una “realidad virtual”. Y como en nuestro mundo esa “realidad virtual” no estaría presente, nuestra existencia tampoco se entendería desde ella. En el momento en el que entráramos en contacto con esa realidad, toda la red de significados creada hasta ese momento se vería alterada. Se vería modificada la comprensión de esa realidad que llamamos “mundo” y se vería alterada la comprensión de nuestra existencia al estar inscrita dentro de esa realidad. Lo que ocurre a nivel individual ocurre a nivel macro,  el mundo es el lugar donde damos sentido, y desde el cual nos comprendemos. Es esa gigantesca red de significados que a lo largo de la historia la totalidad de los humanos hemos ido creando, y en el cual, dice Heidegger, “fuimos arrojados”.

La singularidad de la existencia humana es que siempre esta comprendiendo el sentido de la realidad del mundo, y de sí misma en relación a esa realidad. La existencia es relacional: cada sentido nuevo que otorgo hacia fuera, cambia la relación que tengo con la realidad. Al cambiar esa relación, cambia el sentido que le doy a mi existencia. Y al cambiar ese sentido, vuelvo a cambiar los sentidos que le doy a lo que me rodea, y así sucesivamente. Somos unos otorgadores de sentido, y nos comprendemos desde los sentidos que otorgamos.

Por esta razón, Heidegger dice, que nuestra existencia no se caracteriza por ser un algo, sino por ser un proyecto. Esto quiere decir que soy, siendo. Mi ser es pura posibilidad. Posibilidad es la relación especifica que en cada momento guardo con el mundo, al cambiar la relación, cambio la posibilidad que soy. Ser-en-el-mundo significa, entonces, que el ser humano es un ‘ser’ cuya singularidad consiste en estar comprendiendo siempre lo que es, en función de ese mundo en el que ha sido arrojado. Nuestra conciencia no puede abstenerse de otorgar sentido, y con cada nuevo sentido que se da, uno  transforma la posibilidad que se era antes a otra nueva.

Sofistas: los maestros de la palabra

¿Qué hace unSofistas político convencional? Hablar, hablar, y seguir hablando. A veces dice unas cosas, al poco tiempo las reformula, si es necesario, no duda en decir algo contrario a lo que dijo la primera vez, todo sea para ganarse los votos de las multitudes. A estos políticos convencionales los llamamos “populistas”. En la antigua Grecia, este tipo de políticos probablemente habrían sido instruidos por los “sofistas”: los maestros del uso del lenguaje. Continúe leyendo >>>