Sofistas: los maestros de la palabra

¿Qué hace unSofistas político convencional? Hablar, hablar, y seguir hablando. A veces dice unas cosas, al poco tiempo las reformula, si es necesario, no duda en decir algo contrario a lo que dijo la primera vez, todo sea para ganarse los votos de las multitudes. A estos políticos convencionales los llamamos “populistas”. En la antigua Grecia, este tipo de políticos probablemente habrían sido instruidos por los “sofistas”: los maestros del uso del lenguaje.

¿Qué es la realidad sino aquello que decimos que esta sea? La realidad no es más que la representación que hacemos de ella con nuestro lenguaje, o al menos, esto era lo que pensaban los sofistas. Hoy en día,  estaríamos bastante de acuerdo, ¿no es así? Después de todo, vivimos diciéndonos “esta es mi manera de ver las cosas, si tú tienes otra, eso es asunto tuyo”. Vivimos en la era del relativismo, del escepticismo respecto a verdades absolutas, creemos que las verdades son subjetivas, y que aquello que dicen nuestros sentidos vale incluso más que lo logra captar nuestra razón. Si siempre vemos cambios, ¿Cómo se puede pensar en ideas eternas? Si yo digo que este individuo es bello, y aquel otro es bueno, quiere decir que la belleza y el bien dependen de lo que yo diga, quiere decir que “el hombre es la medida de todas las cosas” (Protágoras). Los sofistas fueron los primeros en promover esta manera de ver la realidad.

La sofística nació en conjunto con la democracia en Atenas, en el siglo V a.C. ¿Simple casualidad? No. Antes de la democracia, los ciudadanos atenienses no tenían participación activa en la vida política, ello hacía que su educación estuviera enfocada en otros asuntos más convencionales. La educación se cumplía en casa, siguiendo tradiciones y costumbres familiares, y apegándose al tipo de saber que había en las mitologías de Homero y Hesíodo. En estas mitologías se explicaba todo, desde el origen del Cosmos hasta la moral que debían practicar los ciudadanos para ganarse el favor de los dioses. Sin embargo, con la llegada de la democracia esta situación cambio. A los ciudadanos (hombres libres hijos de ciudadanos) se les concedió el derecho de participar como oyentes y hablantes en la Asamblea, y en otras instituciones políticas de la ciudad, con esto se les dio la oportunidad de ser participantes en las decisiones políticas y legislativas de su ciudad-estado. Lógicamente, un ciudadano con estas facultades políticas tenía que recibir una educación apta para mover a audiencias, tenía que aprender a usar argumentos convincentes, tenía que aprender el arte de la palabra. Ya no se trataba de ganarse el favor de los dioses, sino el favor de la mayoría de los votantes. En este panorama, aparecieron los sofistas (sophía, «sabiduría», sophós, «sabio»).

Los sofistas fueron los primeros maestros del lenguaje, y también fueron los primeros en cobrar por sus enseñanzas. ¿Qué quería decir que fueran maestros de lenguaje? Aprender a usar el lenguaje no era aprender las reglas gramaticales como hoy en día se nos enseñan en las escuelas, sino aprender el arte de la retorica: el arte de saber argumentar, para persuadir al oyente. Si la verdad no es más que aquello que decimos que ella es, había que aprender a mostrar cualquier cosa que uno quisiera como verdadera, y lo que dijera el oponente como falsa. El asunto estaba, como decía  Protágoras, en desarrollar el arte de la persuasión a tal punto de «poder convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles». Con las palabras adecuadas, lo malo podía presentarse como bueno, y lo bueno como malo. Al final del día, la realidad no sería más que aquello que hiciéramos de ella con el uso de este arte.

El gran avance que esta conciencia sofista trajo para la sociedad de su tiempo fue despertar un sentido crítico (había que saber distinguir donde fallaba el argumento del otro, para poder atacar ese flanco abierto). En medio de estos debates retóricos, la sola alusión a la tradición o a las enseñanzas de Homero, ya no eran material suficiente para hacer valer el punto de vista. Se necesitaban nuevos argumentos, argumentos convincentes, o al menos lo suficientemente convincentes como para mover el sentimiento de las multitudes votantes (en algunos casos seria sencillo, en otros quizá no tanto).

Los sofistas fueron los primeros defensores del relativismo, escepticismo, y del conocimiento subjetivo que actualmente apoyamos. Enfrentándose a un mundo de fundamentos objetivos, anclados en tradiciones, y en verdades arraigadas en la objetividad de la naturaleza (en tanto realidad que existe más allá de cualquier sujeto), argumentaron que si la realidad está en constante cambio, cambia lo que se quiere conocer, y cambia el ser humano que conoce, ¿cómo se puede sostener que las verdades sean eternas e inmutables? Nuestros sentidos y sensaciones nos indican que nada en la realidad lo es.

La mala fama de los sofistas se la debemos a las críticas que dirigió Platón contra ellos. En primer lugar, la idea de cobrar por lo que a su juicio eran opiniones y no conocimiento verdadero le pareció abusiva (recordemos que el filósofo Sócrates, un auténtico sabio y maestro de Platón, jamás cobró por sus enseñanzas). Sin embargo, este punto en nada se compara con el verdadero daño que introducían los sofistas en la sociedad. Platón consideraba que estos pseudo-sabios charlatanes pretendían hacer pasar la opinión por conocimiento, al presentar la opinión como verdad. Su lengua era una fuente constante de veneno y confusión, y dada su influencia en la política, acababan contaminándolo todo. Platón criticaba a los sofistas, y en paralelo, criticaba la democracia, al ser el sistema político en el que la opinión podía brillar a su antojo. Para él, no tenía sentido que la mejor forma de gobierno fuera aquella donde la justicia, la moral, la virtud, y el futuro de una ciudad se pusiera en manos del arte de la persuasión, pues ¿cómo se podían establecer criterios de Justicia, de lo que es el Bien y el Mal, si cada quien se tomaba a sí mismo como  «la medida de todas las cosas»? ¿Cómo podía ser que el argumento que valiera no fuera el realmente verdadero, sino el que a la mayoría le pareciera que era verdadero? ¿Cómo se podía acatar la ley si se decía que ella no se apoyaba en ningún fundamento trascendente, objetivo, sino en la mera convención humana, tan cambiante como lo es el viento? Para Platón, una sociedad guiada no por la verdad, sino por meras opiniones está condenada al fracaso y a la perdición.

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