Albert Ellis: creencias irracionales

“Yo nunca hubiese creado la terapia racional-emotiva (RET) de no haber estado fuertemente influenciado por filósofos en vez de por psicoterapeutas. Para el momento en el que funde TRE en 1955, el campo de la terapia estaba dirigido casi por completo por psicólogos clínicos, desde psicoanalistas hasta conductuales, quienes firmemente, y también dogmáticamente, creían que las experiencias infantiles de las personas, especialmente con sus sagrados padres, los hacían o los condicionaban a convertirse en emocionalmente perturbados.” (Discurso en memoria de Alfred Korzybski, 08/11/1991). Continúe leyendo >>>

Lo Bello es Bueno: “el efecto halo”

Pensemos en las primeras impresiones que tenemos al conocer a alguien. Supongamos que tenemos una conversación corta con esa persona, pero a pesar de los pocos minutos que dura el encuentro el individuo en cuestión nos resulta sumamente interesante. Supongamos que tendríamos que relatar este encuentro a un amigo, ¿cuántos adjetivos utilizaríamos para describirlo a él o a ella? ¿Influiría la interesante conversación que mantuvimos en las descripciones físicas que hiciéramos de este individuo? ¿Hablaríamos de la persona en términos  morales, usando calificativos como bueno u honesto? ¿Diríamos que la persona nos pareció amigable, simpática, con buena presencia, buena, abierta, sincera? Probablemente sí mencionaríamos algunos de estos atributos, ¿y cómo no hacerlo si este recién conocido nos causó tan grata impresión? Aunque pensemos que es un hecho evidente que esta persona además de ser inteligente o interesante, tenía éstas u otras cualidades, lo más probable es que nuestra mente nos haya jugado una de sus triquiñuelas, creando un “halo” de consideraciones a partir de unas pocas cualidades que vimos en el recién conocido. Con el paso del tiempo, puede que estas consideraciones ganen más peso; puede que la primera impresión que recibimos haya resultado certera, sin embargo, no siempre es éste el caso. Lo sabemos, más de una vez en el ámbito personal, social o profesional nos hemos llevado tremendas decepciones de los demás. Pero no siempre se trata que el otro haya dado una imagen de sí mismo falsa. Lo único que indica el “efecto halo” es que para bien, o para mal, inferimos demasiado rápido.

El efecto halo ha sido definido de múltiples maneras, y los psicólogos indican que ocurre no sólo cuando estamos frente a personas, sino incluso cuando observamos objetos o evaluamos situaciones (resultándo particularmente útil a los estrategas del marketing y del bussiness el manipular o resaltar algunas características de lo que pretenden vender o negociar para que inmediatamente nuestro cerebro infiera que se nos está ofreciendo mucho más). En principio, este efecto se refiere al sesgo cognitivo que tiene nuestra mente de inferir un conjunto de cualidades o atributos a partir de la observación de otras cualidades, por ello también se lo conoce como el principio “lo que es bello es bueno”. Por ejemplo, esto significa que dentro de nuestra mente, cuando miramos a una persona atractiva, tendemos a inferir buenas cualidades sobre la misma sin siquiera haber cruzado palabra alguna con ésta, de ahí que el impacto o asombro que nos cauce descubrir conductas moralmente reprobables en individuos atractivos sea mucho mayor que en individuos que no lo son (pensemos en el sensacionalismo social que causa descubrir algún vicio de una persona del mundo del espectáculo; o a nivel individual, recuérdese la desilusión experimentada al ver conductas o modos de ser que no aceptamos en personas que nos atraen físicamente). La revelación que consiste descubrir que el individuo bello resultó no ser bueno, es mucho más difícil de procesar que el caso en el que la atracción física no está presente. Inferimos, pero no siempre lo hacemos lógicamente. Y es que el problema del “efecto halo” consiste precisamente en el hecho de que la persona no logra reconocer cuándo este proceso se está llevando a cabo en su interior.

Ahora bien, no hay que confundir el “efecto halo” con el sesgo cognitivo de juzgar desde estereotipos. El acto de generalizar es parecido, no obstante, la manera cómo se generaliza es distinta. En el caso prejuicios o juicios estereotipados, juzgamos haciendo uso de un método deductivo en el que a una persona en particular le aplicamos los rasgos que creemos poseen el grupo de personas al que este individuo específico pertenece (Forgas, J. 2011). En el caso del efecto halo, en cambio, inferimos sobre una persona más cualidades de las que ésta nos presenta, esto es, rellenamos los vacíos, completamos lo desconocido, con la poca información que tenemos a la mano, creando en nuestra mente un todo coherente respecto al otro (existe una armonía entre lo bello y lo bueno, no así entre lo bueno y lo horrible). Inferimos que si alguien ejecuta bien una tarea a nivel profesional, será igualmente capaz de realizar otra función que se le asigne. Inferimos que si alguien se desenvuelve bien en sus círculos sociales, posee un nivel lo suficientemente alto de extraversión como para socializar con todo el mundo. Inferimos que el consejero terapéutico no tiene problemas de relaciones interpersonales. Constantemente estamos infiriendo sobre los otros, ante la necesidad de completar esos vacíos que cada quien deja abierto sobre sí mismo.

A este respecto, tras múltiples experimentos realizados a grupos de personas, entre los que destaca el llevado a cabo por los investigadores Nisbett y Wilson (1977), los estudiosos se han dado cuenta que el ser humano muchas veces no logra entender, por más que se les explique, que su apreciación/evaluación general sobre los atributos de persona recién conocida está condicionada por la impresión sensorial que recibe de él o ella. Nuestro pensar automático no es racional, no es objetivo, opera velozmente a partir de la impresión que le causan los estímulos externos (Kahneman). En este sentido, en el experimento realizado por Nisbett y Wilson, los investigadores descubrieron lo siguiente: se le presentó a dos grupos de estudiantes universitarios americanos una grabación de una entrevista realizada a un profesor, quien al hablar en inglés tenía un acento extranjero. En uno de los vídeos, el profesor hablaba de manera amigable y cálida, mientras que en la otra grabación era frío y distante. Los estudiantes que observaron el percibieron y oyeron el hablar amigable del profesor, evaluaron su apariencia física, manierismos y acento como cautivantes y atrayentes, mientras que el grupo que vio la segunda grabación evaluó estos mismos aspectos como irritantes. Asimismo, como indica el reporte, el segundo grupo no supo reconocer que su evaluación general estuvo condicionada por la actitud distante del profesor, por el contrario, pensaron exactamente a la inversa. Consideraron que su irritante apariencia física, acento extranjero, y manierismos los había llevado a calificarlo pobremente. En ningún momento supieron reconocer que fue el expresarse de manera fría la que llevó a una inferencia sobre la apariencia física y demás aspectos (Nisbett y Wilson, 1977). Lo que el experimento muestra es la consecuencia, muchas veces perjudicial, que se puede obtener en el proceso de evaluación y toma de decisiones cuando lo que rige no es la reflexividad, sino la impulsividad inmediata del “efecto halo”. Si bien, no somos conscientes de cuándo lo estamos experimentando, a la inversa, sí podemos ser conscientes sobre cuando no estamos siendo realmente reflexivos. Recuérdese que la reflexión implica un cierto acto de desapego de la “impresión” recibida, a fin de juzgar desde una perspectiva un poco más amplia. En estos casos, el efecto halo pierde fuerza, o se disuelve por completo.

Ahora bien, en un artículo publicado hace unos pocos años, titulado “She just doesn’t look like a philosopher…? Affective influences on the halo effect in impression formation” (2011), Joseph Forgas comprobó el impacto que tienen los humores positivos o negativos en el incremento o debilitamiento del efecto halo. El experimento que el investigador realizó consistió en pedirle a un grupo de estudiantes que evaluaran un corto ensayo filosófico en el que se adjuntaba una foto del “autor”. A un grupo se les dio el ensayo con una foto de un hombre entrado en años, usando lentes, mientras que al otro grupo se les dio el mismo ensayo con la foto de una joven mujer.  Antes de evaluar el escrito, se les pidió a ambos grupos que escribieran un reporte de una experiencia feliz o depresiva con el máximo detalle posible, a fin de llegar a revivirla. De esta manera, se pretendía inducir un cierto humor en los participantes antes de que llevaran a cabo la evaluación. Como se esperaba, los resultados mostraron que el ensayo filosófico que portaba la foto del hombre mayor era valorado de manera mucho más positiva que el mismo ensayo cuya autora era una joven mujer. La apariencia visual condiciono el nivel intelectual que se infería tenía esa persona en particular. El efecto halo había surtido efecto. No había sorpresas en este sentido. Lo que de verdad se quería comprobar era si el humor incrementaba o debilita el efecto. Sobre este punto se comprobó que los estudiantes que habían rememorado una experiencia gratificante, minutos antes de haber leído el ensayo, concedieron una valoración mayor al escrito respecto a aquellos otros que habían recordado una experiencia negativa. En el caso de este segundo grupo, no sólo hubo una menor parcialidad a valorar positivamente la competencia intelectual del autor masculino frente al femenino, sino además fueron más críticos respecto al contenido del ensayo, independientemente de quién hubiese sido el autor del escrito.

Como algunas teorías psicológicas han demostrado, y como se concluyó en el estudio de Forgas,  los humores negativos (hablamos de humores, no de emociones o depresión) estimulan procesos mentales distintos a los humores positivos. Mientras los humores negativos activan las operaciones mentales relacionadas a un pensar sistemático, en el que la información se procesa con mucho más detalle, evitando así caer en generalizaciones, bajo los efectos de humores positivos pensamos de manera holística. El humor negativo activa un sistema de vigilancia respecto a los estímulos que nos ofrece el mundo exterior, mientras el humor positivo asimila lo que dichos estímulos nos ofrecen, sin detenerse a prestar atención a los detalles. El “efecto halo”, por tanto, ocurre con menor intensidad o no llega a ocurrir en lo absoluto cuando el individuo se halla bajo los efectos de un humor negativo. Esto no quiere decir, desde luego, que debamos optar por vivir en dicha negatividad a fin de minimizar el impacto de este efecto, ni tampoco que no debamos tomar decisiones o llevar a cabo evaluaciones en momentos en los que nos sintamos satisfechos con nuestra propia vida. Lo que significa es que debe haber una toma de conciencia sobre la existencia de esta operación mental. Cuando se es consciente de que nuestra mente no es tan objetiva como nos gustaría que fuera, la atención se activa, o alertándonos no respecto a aquello que tenemos en frente, sino respecto a lo que pensamos sobre aquello que vemos. De ahí el llamado de atención a detenerse de vez en cuando, en medio del ritmo de vida veloz, repleto de multitasking, en el que se vive constantemente hoy en día. De vez en cuando, la lentitud del pensar puede llegar a prevenir que ocurran consecuencias que no hubiésemos querido experimentar.

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